Alonso Álvarez, el cineasta que vino del mar.
Por Adrián Cerda

Cae la tarde y las olas revientan, con suave cadencia, en la playa Miramar de Tampico. Alonso Álvarez Barreda hunde pensativo la mirada en las aguas del golfo de México mientras reflexiona sobre la polémica desatada luego de que su cortometraje Historia de un letrero fue premiado en mayo pasado como el mejor de su categoría en el Short film corner, una sección paralela del Festival de Cannes.

 

En apenas una semana el tampiqueño pasó de la gloria al infierno, la primera por obtener el codiciado galardón y el segundo por la avalancha de acusaciones de que plagió el corto Una limosna por favor, del español Francisco Cuenca Alcaraz, rodado en 2006, un año antes que el suyo.
El señalamiento, sin embargo, parece no tener fundamento, pues desde 2003 circulan en Internet más de 40 versiones del mismo relato, filmado en diferentes locaciones. Álvarez acepta que su guión partió de una idea de su paisano Alejandro Monteverde, a quien considera su “tutor” fílmico. Y esta es la historia del polémico cineasta.

Menor de los 2 hijos de un publicista y una maestra tamaulipecos, Alonso nació en la Ciudad de México el 2 de abril de 1984. La familia retornó a Tampico en 1989, donde papá Álvarez se dedicó a hacer comerciales de televisión en los que a veces participaban sus hijos: —Yo siempre salía de espaldas pero mi hermano mayor, el más galán, aparecía de frente —sonríe Alonso, quien cursó hasta la preparatoria en esa ciudad tamaulipeca. Luego se trasladó al DF para inscribirse en alguna escuela de cine, pero en todas le dijeron que carecía de aptitudes.
Se mudó entonces a Monterrey, donde fue mesero: —Un mal día resbalé y me lesioné la rodilla. El gerente me despidió sin darme atención médica y ni un quinto —cuenta Alonso, quien volvió a casa donde rodó de manera artesanal su primer corto. Titulado El algodonero, versa sobre un anciano vendedor de algodones de azúcar, algunos con droga en su interior. Un día se saca la lotería, pero no tiene tiempo de festejar, pues muere atropellado.

“Polla” vestida:
Filmarlo fue una aventura: familia y amigos le donaron dinero, alguien le prestó un auto, otro una camarita de video… grabaron en el centro de Tampico y playa Miramar. Ilusionado, llevó el DVD resultante a un productor del DF, en busca de una opinión calificada: —El comentario me cimbró —dice—, pues de plano me aconsejó dedicarme a otra cosa.
Más adelante conoció, por medio de un amigo de un amigo, a Alejandro Monteverde, un paisano suyo que había estudiado cine en la Universidad de Texas, ya había hecho algunos cortometrajes y radicaba en Los Ángeles: —Me dio 3 consejos muy importantes: tener una trama muy visual casi sin diálogos, de no más de 5 minutos de duración, y usar un dolly (carrito para hacer tomas en movimiento).

A fuerza de intercambiar ideas, desde Los Ángeles Monteverde le sugirió filmar la historia de un limosnero ciego de quien nadie se apiadaba hasta que un empresario que pasaba por ahí le hace una adaptación a su humilde pancarta. Fue así como surgió Historia de un letrero, ambientada en la Plaza de Armas de Tampico.

Un amigo de Alonso le prestó su estudio para hacer el casting en busca del empresario. Tenía que ser joven, elegante y aplomado: —Para conseguir al limosnero visité varios asilos de ancianos —cuenta—. Aquellos cuyos rostros inspiraban ternura estaban muy enfermos y los sanos tenían facciones muy rígidas, que no transmitían lo que buscaba. Finalmente alguien me presentó a don Amílcar Carrascosa, un capitán piloto aviador retirado muy buena onda, que daba el tipo perfecto y se anotó gustoso.

La cámara se la facilitó un amigo de su padre, Juan Francisco Vela Villarreal, director de Talento digital, una agencia productora de televisión; el vestuario lo seleccionó de una “polla” hecha por amigos y familiares que aportaron pantalones, sacos, camisetas y calzado: —Cuando hallamos el saco ideal nos fuimos a una calle donde lo arrojamos para que los autos pasaran sobre él y le embarramos salsa para que se viera sucio —cuenta Alonso—. Como no tenía un dolly lo improvisé con una silla de ruedas en la que fijamos la cámara.
Pocos días antes del rodaje el actor que iba a interpretar al empresario se retiró; tras una frenética búsqueda Alonso lo sustituyó con Manuel García Muela, un ex condiscípulo de la prepa.

Suerte dispareja:
El día de la filmación don Amílcar se vistió con el saco convertido en harapos y tomó asiento en la Plaza de Armas con un letrero de cartón que decía «Ten compasión... estoy siego» y una lata oxidada con algunas monedas. Cuando Alonso —siempre asesorado por Monteverde, vía telefónica— realizaba las primeras tomas no faltó quien lo regañara por andar molestando a un viejo indefenso, e incluso un policía acudió a ver qué ocurría.

Bastaron 2 días para concluir la grabación de la historia, cuyo clímax llega cuando el empresario modifica el letrero y se retira sin decir palabra. Al ciego le llueven las limosnas y se da cuenta que el nuevo mensaje es la causa; cuando su benefactor regresa, el invidente le pregunta:
—¿Qué hiciste con mi letrero?
—Escribí lo mismo, pero con otras palabras —contesta el empresario, que se marcha sonriente mientras la cámara muestra el nuevo mensaje: «Hoy es un hermoso día y no puedo verlo».

El corto fue enviado a los festivales de cine de Morelia, Guanajuato y Guadalajara, donde pasó desapercibido. La suerte empezó a cambiar cuando Alonso lo mandó al Short Films Festival México y obtuvo una mención especial del jurado. Acto seguido, ganó el primer lugar en el Festival Internacional de Cine Corto de Matamoros, Tamps. En los festivales de San Antonio, San Francisco, Las Vegas, San Diego y Nueva York, no despertó interés.
En tanto, Alonso partió a estudiar cine en San Diego, pero sólo pudo pagar la colegiatura del primer semestre. Al cabo, debió retornar a Tampico, tras gastar sus últimos 200 dólares en pagar la cuota de entrada a Cannes.

Triunfo legítimo:
Eran las 7:30 de la mañana del 21 de mayo cuando recibió la llamada que le anunció que su filme había triunfado en el festival francés de entre más de 1,800 concursantes. Alonso no tuvo tiempo ni dinero para acudir a la premiación; una representante del Imcine recibió en su nombre el galardón: una estatuilla y un reconocimiento. Por parte de Canadá, copatrocinador del evento, el joven se hizo acreedor a una cámara profesional y una computadora que en breve le llegará por mensajería.

Aún no se cumplía la primera semana de alabanzas en la prensa mexicana cuando comenzó a circular en foros y blogs en Internet que Historia de un letrero era copia del corto del español Cuenca Álvarez. Los comentarios no tardaron en abrirse paso hasta noticiarios y periódicos, donde se les dio gran despliegue. Entrevistado por Carlos Loret de Mola en Primero noticias, Alonso negó que hubiera robado la historia y reconoció que, si bien en los créditos él aparece como escritor, director y productor, la idea fue trabajada por teléfono con Alejandro Monteverde. También aseveró que ambos desconocían la existencia del filme español.

Sea como fuere, el tamaulipeco ya declaró que no regresará el premio, pues considera que lo ganó de manera legítima.
Durante la entrevista Alonso observa el mar y accede con gusto a una sesión fotográfica en varios puntos de Tampico, incluida la Plaza de Armas, locación de su historia. Colabora sin prisas a pesar del calor, que hace que el sudor resbale por su espalda como serpiente por un árbol. Nos acompaña Vela Villarreal, quien confirma lo dicho por el cineasta y facilitó su cámara para las fotos, además de fungir como chofer y narrador de sabrosas anécdotas.

Mientras el escándalo va y viene, Alonso está por partir al Festival de Cine de Tijuana y listo para realizar su 3er cortometraje, esta vez a rodarse en formato 16 mm: —Será mi último corto, porque la siguiente producción quiero que sea un largometraje profesional —asegura—. Y de una cosa estoy seguro: jamás abandonaré