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Carlos Romero Deschamps, de "perra flaca" a líder corrupto.
Por Mariana Chávez y Daniel Romero Rivera |
Amo del sindicato de petroleros desde 1993, trepó al poder merced a una combinación de astucia, lambisconería y traición a más de participar en alambicados fraudes, a sabiendas de que su impunidad estaba garantizada.
Petroleros de la vieja guardia dicen que Carlos Alberto Romero Deschamps —de 64 años de edad, secretario general del sindicato de Pemex desde hace tres lustros y señalado por la PGR como uno de los presuntos responsables del multimillonario desvío de fondos de la paraestatal para financiar la
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campaña presidencial priista en 2000— medró por décadas a la sombra de su antecesor, el otrora todopoderoso Joaquín Hernández Galicia alias “La Quina”, a quien Romero Deschamps solía lisonjear a cambio de favores y protección, lo que no le impidió traicionarlo cuando los vientos políticos cambiaron y la supervivencia aconsejó lambisconear a un patrón mucho más poderoso.
Nacido en 1944 en Tampico, Tamps., el líder sindical fue hijo de un campesino jalisciense, convertido luego en soldado carrancista, obrero petrolero hasta 1938 y ferrocarrilero hasta su jubilación. Introvertido, el joven Romero nunca destacó en la escuela por sus calificaciones, pero tampoco era de los últimos de la clase.
En 1961, a los 17 años de edad, Romero consiguió una chambita en Pemex gracias al favor de un primo, Víctor Deschamps, por entonces secretario general de la sección 24 del sindicato, que abarca Tampico: ahí fue peón de vía (instalaba tuberías) al tiempo que cursaba contaduría privada; un año más tarde fue trasladado a Salamanca y luego a Veracruz, Tabasco, Baja California, Puebla, DF y finalmente Hidalgo.
En ese tiempo “La Quina” gustaba de pasar revista con frecuencia a sus segundones en su casa de Ciudad Madero, Tamps., donde lo visitaban regularmente los secretarios de las 36 secciones sindicales. El primo Víctor —que mantenía cercana relación con Hernández Galicia— aprovechó una visita de “La Quina” a la refinería de Azcapotzalco, al nororiente del DF, para presentar a Romero Deschamps ante el mandamás. Años más tarde, “La Quina” anotó en el libro de memorias Cómo enfrenté al régimen priista (2000) que «como ambos éramos de Tampico hubo cierta química y a partir de ese momento no se me despegó; si yo venía a México él se ofrecía a ser mi chofer. Con su cara de güerito apendejado se me fue colando».
Como la Celestina
Según versiones de trabajadores jubilados que prefieren el anonimato para evitar represalias, lo que realmente valió a Romero Deschamps el favor de “La Quina” fue una hermosa tamaulipeca de nombre María Elena: apercibido del enamoramiento de su jefe, el chofer entabló amistad con la mujer y a fuerza de requiebros en nombre del líder la persuadió de iniciar amoríos con Hernández Galicia: —Más tarde, Romero aprovechó su cercanía con la muchacha para poner al tanto a “La Quina” sobre lo que murmuraban sus detractores —aseguró en entrevista en 2001 el tamaulipeco Héctor Martínez González, antiguo líder de la sección 35 del sindicato—. Así terminó por ganarse la confianza del amo.
A partir de entonces (1974) Romero Deschamps se involucró de lleno en las actividades sindicales, lo que no impidió que ganara fama de mezquino: por entonces vestía invariablemente una harapienta chamarra café y como no llevaba almuerzo, solía gorrear la comida a sus compañeros: —Lo apodábamos “La Perra Flaca”, por su figura desastrada. Luego empezó a comprar cajas de tortas que vendía al menudeo y su mote cambió a “El Tortas” —comentó otro jubilado.
Por recomendación de “La Quina”, Martínez González lo tomó como chofer al tiempo que lo invitaba a las juntas sindicales. Siempre callado, casi de inmediato lo señalaron como soplón del líder. Imperturbable, Romero Deschamps fraguó la primera de sus traiciones: en una ocasión en que Martínez viajó a Brasil sin autorización de “La Quina”, lo delató de inmediato ante el líder, que montó en cólera: —Aunque había notificado a Salvador Barragán (segundo de Hernández Galicia) para que avisara a Joaquín, Romero se le adelantó. Cuando regresé “La Quina” estaba furioso por mi supuesta indisciplina y me destituyó de inmediato —relató Martínez González, obligado a jubilarse meses más tarde.
Sin perdón ni olvido
La vacante la llenó, claro está, Romero Deschamps. Corría 1978. Al año siguiente, luego de que el tamaulipeco organizara su propia corte, consiguió el apoyo de Hernández Galicia para convertirse —por primera vez— en diputado federal por el DF para el periodo 1979-1982.
Aunque abandonó el puesto al ocupar la curul, Romero Deschamps dejó en su lugar a un incondicional, Antonio Osorio de León, para mantener el control de la sección sindical. Un par de años más tarde Osorio fue asesinado por un ex obrero lisiado apodado “El Ratón”, furioso con el nuevo líder, que a cambio de favores sexuales prometió a la mujer del inválido una plaza que nunca le concedió: —Romero presidió el funeral e inclusive mandó colocar en las oficinas un busto de Osorio, para ganarse el favor de los compañeros —relata el ex obrero Pablo Saldaña Mediano, un sexagenario también jubilado.
Mientras era diputado Romero Deschamps trabó relación con Miguel de la Madrid, a cuya campaña por la presidencia se sumó. Aunque en el sexenio siguiente (1982-1988) las relaciones entre “La Quina” y el gobierno se deterioraron visiblemente, Romero —integrado al comité ejecutivo nacional del sindicato al tiempo que era senador— se las arregló para navegar entre 2 aguas y no enemistarse con el presidente ni con quien a la postre sería el sucesor, Carlos Salinas de Gortari, por entonces secretario de Programación y Presupuesto.
Aunque Hernández Galicia asegura que su enemistad con Salinas se originó por la pretensión del entonces secretario de abrir el sector petrolero a la inversión privada —inconveniente para el sindicato, que acaparaba los contratos para cualquier obra—, viejos ex petroleros dicen que la hostilidad se remonta al sexenio de Adolfo López Mateos (1958-1964), cuando Raúl Salinas Lozano (padre de Carlos) era secretario de Industria y Comercio e intentó infructuosamente recortar las garras sindicales; el hijo se convirtió en blanco del rencor de “La Quina”, que no perdonaba ni olvidaba.
Llamada oportuna
Como quiera que haya sido, cuando Salinas de Gortari fue “destapado” como candidato a la presidencia, Hernández Galicia rompió lanzas con él y públicamente señaló que no lo respaldaría al tiempo que secretamente financió la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas. Al barruntar quién saldría derrotado de la disputa, Romero Deschamps intentó disuadir a “La Quina” de proseguir una batalla que parecía perdida. No fue escuchado.
El 3 de enero de 1989 (un mes después de la toma de posesión de Salinas) Romero organizó un encuentro de “La Quina” y los 36 secretarios seccionales con el flamante mandatario. Ahí Salinas fingió doblar las manos ante el ensoberbecido líder petrolero, que declaró a la prensa que no permitiría bajo ninguna circunstancia que acotaran las prebendas sindicales.
Cinco días más tarde “La Quina” convocó a una asamblea donde de nuevo despotricó contra Salinas y amenazó con la huelga. Romero Deschamps no asistió, pero al día siguiente, 9 de enero, llamó a la casa de su jefe al filo de la medianoche, para disculparse. Horas después, Joaquín Hernández Galicia fue capturado por soldados y policías judiciales, acusado de acopio de armas y homicidio calificado: «En la cárcel supe que Romero Deschamps me llamó únicamente para cerciorarse de que estuviera en casa para luego avisar a la PGR, porque se rumoraba que yo había huido del país», escribió “La Quina”.
Por órdenes del caído, los secretarios seccionales cerraron efímeramente las plantas de Pemex; Deschamps, a cargo de la de Tula, sólo la clausuró a medias. Aunque con Hernández Galicia cayeron casi todos los dirigentes del sindicato, Romero no fue detenido sino premiado: por recomendación de su secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, Salinas colocó al frente de la organización a un viejo rival de “La Quina”, Sebastián Guzmán Cabrera. Por su parte, Romero Deschamps fue convertido en secretario de organización del comité ejecutivo general de la agrupación.
Fraude millonario
Dos años más tarde Guzmán Cabrera cayó en cama (era diabético) y Romero fue nombrado factótum del enfermo al tiempo que se convirtió en diputado federal por 2a ocasión (1991-1994). A la postre Guzmán murió en 1993 y Romero Deschamps escaló por fin a la cumbre ansiada: con la bendición de Salinas, fue designado secretario general del sindicato.
Durante el mandato de Guzmán fueron despedidos 130,000 trabajadores de los 210,000 que tenía el sindicato. Si bien Romero Deschamps pareció aplaudir el drástico recorte, apenas tomó el poder revirtió la medida: en 9 años la plantilla de Pemex aumentó en 33%, de 80,000 a 107,000 plazas.
Para asegurar la lealtad de sus huestes, Romero Deschamps (senador en el periodo 1994-2000) arrancó al gobierno de Ernesto Zedillo nuevas prebendas, como concentrar todas las actividades de la paraestatal en manos del sindicato (la empresa no puede contratar a terceros para desempeñar ningún trabajo sin la anuencia sindical); jubilaciones dinámicas (las pensiones aumentan anualmente en el mismo monto que el salario de los trabajadores activos); muchos millones de pesos anuales a repartir entre 10,000 trabajadores para que compren o amplíen su vivienda; bonos de productividad (9% del salario mensual); pago de guarderías particulares (450 pesos por cada hijo); y reducción de 5,000 plazas “de confianza”, ahora controladas por el sindicato.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas para Romero Deschamps (electo diputado por 3a ocasión para el periodo 2000-2003), que a más de 60 denuncias entre laborales y penales por despido injustificado, abuso de confianza, fraudes con la caja de ahorros y falsificación de firmas y documentos, enfrentó en abril de 2001 uno de los escándalos más estrepitosos de su carrera —el famoso Pemexgate—, desatado a principios de ese año cuando se descubrió que entre junio y septiembre de 2000 el sindicato recibió de la paraestatal 1,100 millones de pesos empleados para financiar la campaña presidencial del priista Francisco Labastida.
Aunque en los siguientes meses se giraron órdenes de aprehensión contra media docena de antiguos funcionarios y dirigentes sindicales —entre ellos el ex director de Pemex, Rogelio Montemayor Seguy—, Carlos Romero Deschamps, escudado en el fuero de su diputación, pudo capear el temporal sin mayores sobresaltos y no dudó en ostentar su riqueza durante la rumbosa fiesta que dio en 2003 con motivo de la boda de su hijo, José Carlos Romero Durán.
Pese a que el Pemexgate fue motivo de discusión y regateos políticos en los años siguientes, el PRI jamás retiró su respaldo incondicional a Romero Deschamps y su sindicato. El dirigente sindical mantuvo un perfil más o menos bajo, pero volvió a estar bajo los reflectores a principios de 2006, cuando fue candidato plurinominal al Senado, pues se descubrió que para registrarse y eludir el proceso que se le seguía por el Pemexgate había tramitado una credencial de elector con otro nombre. Aunque luego de un agitado proceso el IFE determinó que la candidatura de Romero Deschamps era válida, éste no ganó el escaño debido a la baja votación que obtuvo el PRI en las elecciones de ese año.
Impunidad garantizada
A finales de 2007 el nombre del líder sindicalista volvió a las primeras planas, cuando comenzó a discutirse la posibilidad de emprender, ahora sí, una reforma a fondo en Pemex y abrir el negocio petrolero a la iniciativa privada. El PRI condicionó su apoyo a cualquier cambio en la legislación que rige a la paraestatal a mantener intactos los privilegios del gremio petrolero, luego de que en un análisis realizado por los priistas el presidente de la Comisión de Energía del Senado, Francisco Labastida, determinó que el sindicato se vería afectado de aprobarse la propuesta de reforma enviada por el presidente Felipe Calderón.
La discusión en torno a Romero Deschamps subió de tono a principios de mayo, cuando se supo que durante el “puente” vacacional de ese mes viajó con su familia a Las Vegas, donde se hospedó en el suntuoso hotel The Venetian, cuyas habitaciones cuestan más de 5,000 pesos por noche. A su vuelta a México fue fotografiado con un reloj de oro de 18 kilates cuyo precio va, según las especificaciones, de 420,000 a 2,100,000 pesos.
Aún no se acallaban las críticas cuando se descubrió que el líder petrolero posee en Cancún un departamento de lujo que, según publicó el diario Reforma, vale alrededor de 1,350,000 dólares. También se supo que tiene un yate de un millón y medio de dólares llamado Indomable y registrado en las islas Caimán, aunque ostenta la bandera mexicana. Uno de los empleados de la marina donde está anclado el yate declaró a ese diario que la embarcación es una de las varias que Romero Deschamps ha tenido en los últimos 15 años.
Pese a los escándalos y con la reforma de Pemex en plena discusión, Romero Deschamps se mantiene firme al frente del sindicato petrolero. Y aunque más de un analista sostiene que para volver a la paraestatal de veras competitiva es ineludible acotar las prebendas sindicales y acabar con las corruptelas que permitieron al líder del gremio acumular fortuna, nadie cree factible que el gobierno federal o el PRI se atrevan a tomar las medidas necesarias para lograrlo, y mucho menos a investigar a fondo al antiguo instalador de tuberías, quien ni se inmuta, seguro como está de que su impunidad continuará garantizada.
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