Crónicas del DF: Le decían el tigre de Santa Julia
Desgarrada de espanto, aturdida de asombro, la voz suplicaba resuello a cada tumbo en la espesa nopalera: «¡Aquí está… aquí… aquí…!» Y mientras la boca del tembloroso fusil buscaba la sien del encontrado, las botas pestilentes del gendarme bailaban, epilépticas, la furia del lodazal.
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